jueves, 12 de abril de 2012

Descansa en paz, amor mío.

Un cuchillo enterrado en tu pecho, mis ojos desubicados buscaban explicación. No la había, por fin había pasado, por fin me habías dado lo que más apreciaba de ti: tu vida.

Esa excitación que me provocaba el verte tirada en el pasto, ya sin vida. Tirada cual hoja cae de un árbol. Fue inevitable el tocar tu cadáver frío, como mi alma. Recorrer tu desnudo ser, buscado todos esos placeres que jamás había encontrado en vida.

Besar a tus labios, tus firmes y exquisitos pechos, tu estomago tan formado como las curvas de una guitarra, tu ombligo, para finalmente llegar a besar tu sonrisa vertical que tanto anhelaba. Abrazarte con aquel amor propio, aquel amor enfermizo y consumar aquél acto de amor que tan gustoso deseaba. Sentía el frío de tu cuerpo, sentía tu sangre caer sobre mi ser. Sentía tu amor necrótico vertiéndose sobre mi jovial y caliente cuerpo.

No podía dejar de contemplarte, no paraba de contemplar la belleza de la muerte, tan única, tan imponente y elegante a la vez. No paraba de contemplar aquel festín que la muerte había dejadome a mis pies. Esbocé aquella sonrisa de placer, mientras yacía tu cuerpo frío en el pasto. Muerto.

Yo no deseaba tu dinero, no quería tu amor. No necesitaba tu alegre compañía ni mucho menos anhelaba tu mundana comprensión. Lo único que me mantenía atado a ti, era tu cuerpo. Carne eres, y carne serás.

Sé libre ahora, amor mío. Deja que la luna aúlle en perdición de aquél acto de amor que acababa de presenciar. Deja que la naturaleza te absorba a ella misma. Deja que los gusanos se deleiten con tu cadáver, pues tú ya no tienes nada más que darme para hacerme feliz.

Descansa en paz, amor mío. Algún día nos volveremos a ver.

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